Dr. Jorge González-Hernández

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Estar vivo

(junio 2008)

 

 

Viajando en mi nave espacial,

llegué a un planeta lejano.

Los extraños seres que lo habitaban,

no sentían amor ni odio,

ni altruismo ni envidia.

No había parejas

ni amistades duraderas.

Reinaba la más absoluta indiferencia.

Nadie sufría por nada,

aunque tampoco se conocía la alegría.

Era un planeta de rocas.

 

 

Huellas

(junio 2008)

 

 

         Me gusta ver la marca de mis pies estampada en la arena mojada. Caminar con Joseph por la playa. Escuchar batir las olas una y otra vez, como la respiración de un gigante planetario. Pese a su modo áspero e introvertido, ha sido un buen esposo. Responsable y cariñoso, a su manera. Cierto que los negocios no han marchado bien el último tiempo. Especialmente después de ese último embarque llegado desde Europa, en que por error, sólo le enviaron zapatos de pié derecho. ¿Quién entiende a estos gringos? No sabíamos si reír o llorar. Cuando llegó el cargamento restante, ya estábamos quebrados. ¡Qué absurdos parecen ahora esos terribles problemas cotidianos!

         Imagino cómo se sentirá el pobre. Cada día llega puntualmente a la hora de visita, con su aspecto desgarbado y algunos evidentes kilos menos. No sabe qué decirme, pero puedo leer en sus ojos la angustia que le envuelve.

         Un mes ha transcurrido desde el día fatídico en que sentí un rayo estremecer mi cuello. Inmediatamente me desplomé como un muñeco. Todo fue tan vertiginoso: sirena, camilla, servicio de urgencias, exámenes, respirador mecánico. “Usted ha sufrido una hemorragia espinal –dijo el doctor- haremos lo posible por recuperarla”. Aferrada a esa esperanza, he logrado sostenerme.

         Una semana después fui intervenida. El hallazgo fue algo así como una vena malformada.

         Y aquí sigo, sin poder moverme y con un agujero en la garganta para poder respirar, que no me permite hablar.

         Hoy vino a verme el neurólogo. Me pidió que levantara mis brazos y mis piernas, sin lograr respuesta alguna. Al pincharme con una aguja, no hubo la más mínima sensación desde mi cuello hacia abajo. Por medio de gestos intenté preguntarle si volvería a caminar. “Es posible -contestó- pero habrá que esperar la evolución”. Evidentemente, no fue capaz de decirme que pasaré así el resto de mis días.

         ¡Qué difícil es estar en esta vida, aprisionada en mi propio cuerpo, sin poder siquiera decidir que todo acabe de una vez!

         Daría cualquier cosa por ver mi huella en la arena, tan sólo una vez más.

 

 

 

La visita

(junio 2008)

 

Un frío día de invierno,

con mi bolso de doctor,

fui llamado a la mansión

de la familia Andamión.

 

Sin clemencia desde el cielo

ríos de agua corrían.

Cual combate entre navíos

truenos y rayos caían.

 

Al llamado del portón

un recio mozo llegó.

Sin dilación me condujo

hasta un inmenso salón.

 

El fogón hacía olvidar

las recientes inclemencias.

La belleza del lugar

era a la vida un altar.

 

Desde un piano melancólico

dulces notas emergían.

Me pregunté quién tocaba

tan celestial melodía.

 

De pronto el ritmo cesó

y en suaves pasos trocó.

Sentí chirriar la gran puerta

y lo que vi me pasmó.

 

Era esbelta y silenciosa,

de mirada misteriosa.

En su rostro se leía

la soledad que vivía.

 

Señorita Andamión

-dije con gran turbación-

soy Abelardo, el doctor,

a sus órdenes estoy.

 

Creo que está en un error

mi respetable señor.

Agustina, me presento,

criada de esta mansión.

 

¿Pero...el piano y la sonata?

-balbuceé con voz contrita-

¿Dónde aprendió a tocar

de ese modo angelical?

 

En esta casa nací

y educación recibí.

Cuando mi madre murió

su puesto me encomendó.

 

Hace un mes que falleció

la esposa de mi patrón.

De la pena no ha dormido

y escasamente ha comido.

 

Desde ayer delira y habla

a su espectro en la ventana.

Debe ayudarlo doctor,

a aliviar su gran dolor.

 

Mal pronóstico pensé.

No hay medicina que ayude

al desdichado que sufre

por una pena de amor.

 

Y así fue que sucedió.

En pocos días se unió,

el triste y viejo patrón,

a quién amó con fervor.

 

Como el ave a la carroña,

sus sobrinos disputaron,

de la fortuna Andamión,

hasta el último terrón.

 

Mientras sentado al fogón

estos recuerdos tenía,

una voz me despabila:

¿En qué piensas fiel esposo?

 

Sólo imágenes querida

que en las llamas me visitan.

Sigue tocando Agustina.

Tu dulce canto me anima.

 

 

El neurólogo de la triste figura*

 

 

En un lugar de Santiago,

de cuyo nombre prefiero no acordarme,

no ha mucho tiempo vivía un neurólogo,

de los de oftalmoscopio, martillo y diapasón.

 

De alimento y transporte austero,

frisaba la edad de nuestro galeno con los sesenta años.

Era de complexión recia, seco de carnes,

enjuto de rostro y gran madrugador.

 

Es, pues, de saber que este sobredicho neurólogo,

los ratos que estaba ocioso, se daba a leer artículos médicos,

con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto

las tareas del hogar y aún la administración de su hacienda;

y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto,

que vendió cuanto tenía para comprar libros de neurociencias.

 

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura,

que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro,

y los días de turbio en turbio;

se le secó el cerebro de manera que el juicio vino a perder.

 

Llenósele la fantasía de todo aquello que leía:

neuronas, canales, potenciales, filamentos, neurotransmisores.

En efecto, rematado ya su juicio,

vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en este mundo.

Y fue que le pareció convenible y necesario,

así para el aumento de su honra como para el servicio de su patria,

sepultar la paraphernalia medicinae y rescatar la vis natura medicatrix.

 

 

*Mención honrosa en el “V Congreso Latinoamericano de Médicos Escritores 2008”.

 

 

Experiencia mística

(mayo 2008)

 

 

         Abrió los ojos y se encontró tendido en una cama de hospital, con ruidosos monitores y una aguja de suero en el antebrazo. Al intentar incorporarse, notó que sus manos estaban amarradas a las barandillas laterales. El último recuerdo, en su oficina, recogido en uno de esos maravillosos momentos que había experimentado ocasionalmente los últimos meses. Estados de éxtasis intenso, en que desaparecía la engañosa sensación de separación de los seres, fundiéndose en una sola gran unidad con Dios. El llamado y la misión eran evidentes, lo que le había llevado a cambiar drásticamente su estilo de vida competitivo y materialista, llegando a compenetrarse cada vez más de los problemas y sufrimientos de las otras personas.

         Por fin un grupo de doctores se acercó, rodeando su cama:

-         ¿Cómo está señor Urrutia?

-         Bien doctor –respondió-. Sólo con algunos dolores de espalda y la incomodidad de estas ataduras. Por favor explíqueme qué estoy haciendo aquí.

-         Estuvo algo inquieto hace unos momentos, por lo que hubo que contenerlo para evitar algún accidente. Enseguida lo liberaremos. Respecto a los dolores, es natural en alguien que ha presentado una crisis convulsiva. Pronto se sentirá mejor. El estudio arrojó epilepsia producto de un pequeño tumor en el lóbulo temporal. Es curioso que no haya presentado crisis previamente. A veces consisten en episodios breves de olores extraños, emociones inexplicables o sensaciones sobrenaturales ¿Recuerda haber sentido algo así el último tiempo?

 

 

El dolor del doctor

 

 

 

Paciente:

Vengo a pedirle doctor,

hombre de tanta sapiencia,

que tenga a bien por clemencia

aliviarme este dolor.

 

Doctor:

Sólo dolores del cuerpo

es lo que enseña el precepto,

si es que el suyo es de otra parte

de nada sirve mi arte.

 

Paciente:

Y si usted no lo detiene

con la experiencia que tiene

¿habrá persona en la tierra

que quitar mi pena pueda?

 

Doctor:

Le suplico si la hubiera

a contármelo viniera,

que al que llevo aquí en el alma

toda mi ciencia no alcanza.

 

 

 

Manuel y el maestro Ariel*

 

Túvose en suerte Manuel

encontrar al maestro Ariel

y sin más tiempo perder

su fuente quiso beber:

 

Manuel:

“De niño aprendí a pedir,

de adulto lo hice a fingir,

enséñame ahora a vivir”

 

Ariel:

“¿Acaso ha de sembrarse

mirto que silvestre nace?”

 

Manuel:

“Cosa que antes dudaba

ahora doy por sentada”.

“Aconséjame maestro”.

 

Ariel:

“Caminando en tierra ingrata

muchos hombres se desgastan,

disfrutando la simpleza

sólo el sabio se embeleza”.

 

“Contemplar la flor de rosa

sonreírle a aquella moza,

consolar al que está herido

socorrer al que tendido,

abrazar al que está solo

ayudar al que cansado,

son consejos que el que sigue

siempre en paz y alegre vive,

disfrutando con presteza

de este mundo la belleza”.

 

Manuel:

“¡De bellezas nada sé!

Sólo desdichas y engaños

de la vida he cosechado,

y aunque el remedio he buscado

del triste mal no he curado”.

 

Ariel:

“Suele caer al abismo

el que se engaña a sí mismo,

sin dar las gracias a Dios

por las bondades que vio”.

“Todo en la vida Manuel

como un regalo es de él,

sólo pidiendo a su haber

el ver feliz nuestro ser”.

 

Ariel siguió su camino

y Manuel sintió lo divino.

 

 

*Ariel: “león de Dios” en hebreo.